abril 24, 2009

PERO, ¿QUIÉN ES BERNARDA MORIN?


Madre Bernarda Morin nace en Saint Henri de Lauzon, Provincia de Quèbec (Canadá), el 29 de Diciembre de 1832 siendo bautizada al día siguiente con el nombre de Venerance.

Siendo pequeña, aprende importantes lecciones en el seno de una familia profundamente católica. Es ahí donde recibe una orientación clave para su vida. Reconoce la presencia enriquecedora de su madre, con ella se entrega a un diálogo directo, y entre ellas se da una relación de dos personas adultas, no se basa en la prohibición sino, en la orientación de Venerance hacia un proyecto de vida como mujer.

Venerance reconoce que las correcciones de su madre tienen un profundo significado en su vida.Mostrando un profundo conocimiento de sí misma revela en sus memorias tres grandes lecciones aprendidas en su infancia: es capaz de superar sus arrebatos de orgullo, de superar su tendencia a descalificar a otros y por último aprende una lección que a través de su vida y obras nos enseña a nosotros: la solidaridad con el pobre, su entrega infinita al necesitado.

“las cosas de esta vida no tenían atractivo para mí. Sentía habitualmente la dulce presencia de mi Dios en el interior de mi alma; conversaba con El con toda sencillez, le manifestaba mis deseos y sobre todo le repetía muchas veces que lo amaba de todo corazón. El Divino Salvador, me correspondía haciendo sentir a mi alma con luz clarísima, que El también me amaba mucho”
Vive intensamente su juventud con las diversiones propias de su edad, sin embargo, con apenas 14 años siente que ha surgido una intensa lucha interior, mantiene constantes diálogos con el Señor al que finalmente le manifiesta: “yo no tendré tranquilidad ni reposo mientras no esté colgada contigo en la cruz. Manifiéstame tu divina voluntad, ya que yo haré lo que Tú quieras”.

Así, abraza la vida religiosa.

El 10 de Mayo de 1850, con casi 18 años, Venerance abandona su hogar sin imaginar que el camino que la llevaba junto a su padre a Montreal sería un viaje sin retorno.


“La necesidad de amar que juntamente con la vida de mi corazón iba desarrollándose hallaba su satisfacción y goce en Dios Nuestro Señor, centro del contento y reposo de mi alma, pues entendía que me hallaba en el mundo sólo para amar, servir y glorificar a un Dios tan bueno;”

El 11 de Mayo, Venerance entra al Noviciado de las Hermanas de la Providencia. Hacia fines de ese año, junto con recibir el hábito de la Congregación, toma el nombre de Bernarda. El 22 de Agosto de 1852 hace su profesión religiosa en Sorel, a los dos meses es destinada a Oregón junto a cuatro religiosas; entre las cinco misioneras elegidas, Sor Bernarda era la más joven, pero, en lacomunidad religiosa le reconocían dotes excepcionales.

La pequeña comunidad de misioneras se encontró ante grandes dificultades para su subsistencia y después de un tiempo de penurias, deciden regresar a Montreal. Regresan a San Francisco de California, allí se les ofrece como única alternativa el realizar el viaje por el Cabo de Hornos en un pequeño barco chileno llamado «Elena»; vivieron la travesía por el océano, entre tormentas y amenazas del capitán del barco.

La histórica mañana del 17 de Junio de 1853, la Comunidad de las Hermanas de la Providencia llegan al Puerto de Valparaíso estaba señalada por la Divina Providencia para ser el inicio de la verdadera misión que les tenía reservada. Diez años más tarde Sor Bernarda es nombrada Superiora de la Comunidad; Durante 45 años lleva el gobierno de la Congregación. El país entero admiraba su amplio apostolado en favor hacia los niños abandonados, los pobres y enfermos, la educación femenina a todo nivel y las misiones entre los mapuches.

Muere el 4 de Octubre de 1929.

abril 22, 2009

UN ÁRBOL FRONDOSO

Madre Bernarda, fue considerada como el árbol frondoso que da sombra y bienestar, sus virtudes las vivió intensamente, dejando una huella indeleble en la historia de nuestro país y en todas y cada una de las obras que fundó en Chile.
Humildad

“Sus buenos sentimientos me sirven de estímulo y me obligan a hacer nuevos esfuerzos para ser merecedora de ellos. No me costará hacerlo porque las amo a todas de corazón, y con el mayor gusto hago lo que me permite mi pequeñez, ayudada por Dios” (C.C. pág. 6)
Caridad

“Amar a Dios es una felicidad incomparable…, ensancha nuestro corazón y comunica una fortaleza sobrenatural; no es así el amor al prójimo, que con cortas excepciones pide innumerables sacrificios…. pero en cambio, es la primera virtud y la más agradable a Dios que podamos ofrecerle, porque Dios recibe y toma como hecho a Si mismo lo que hacemos al prójimo, sea en bien o en mal” (C.C. pág. 89-90)

Simplicidad

“Todas deseamos algún bien, algún alivio en este mundo, algún consuelo que nos ayude a soportar las contradicciones y penas de esta vida; pero ante todo, conviene convencerse bien de que este descanso no lo encontraremos sino en la fe viva y práctica; en el silencio, en la oración…” (C.C. pág. 9-10)

Abnegación

“No nos demos por cansadas en el servicio de Dios ¡valor! El premio de un solo acto pequeño de vencimiento y de trabajo en las obras de nuestra santa vocación, la más pequeñita regla que se observe por amor de Dios, vale más y no tiene comparación con todas las riquezas y honores de la tierra” (C.C. pág. 95)

Silencio

“El silencio y el recogimiento….. facilitan los buenos pensamientos y dan tiempo para todo. No nos detengamos nunca en oír … chismes, susurraciones ni murmuraciones. Si no hubiese quien oyese estas cosas no habría quien las hablase. No hablemos mal de nadie. … no seamos corredoras de noticias, de partidos, de asuntos que dividen los corazones y acaban con la caridad” (C.C. pág. 95)

Paciencia

“En la vida humana se encuentran muchas dificultades, de las cuales algunas son más difíciles de vencer que otras…. Dios prueba y hace participantes de la cruz de su Divino Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, a los que más ama. Si aceptamos esas cruces con buena voluntad y paciencia se aligeran grandemente. Si las recibimos con amor, convierten su amargura en un sabor divino” (C.C. pág. 60)


Fe

“La fe nos enseña a conocer a Dios, a amarle, servirle y a hacer todas nuestras obras interiores y exteriores por motivos sobrenaturales. La fe no se comunica a un corazón soberbio; obra por medio de la humildad” (C.C. pág. 17-18)

abril 19, 2009

HERMANAS PIONERAS


Hermana María del Pilar, nació en la ciudad de Temuco, el 29 de Enero de 1899, y consagró 60 años de su vida en la Congregación de las Hermanas de la Providencia, a llevar la Buena Noticia, con alegría, generosidad y ardor misionero a quienes ella llamaba los “predilectos de Dios”.

Con su alma de niña, llegó a todos los rincones donde había un servicio que prestar o una lágrima que enjugar. Allí procuró siempre dejar una semillita la que a través del tiempo ha brotado. Muchas anécdotas y testimonios cuentan cómo ella, a lo largo de toda su vida, trató siempre de vivir en la verdadera alegría de los hijos e hijas de Dios

Falleció en la enfermería provincial el 2 de Agosto de 1983. Su concurrido funeral fue un claro testimonio para decir que ella cosechó lo que sembró. Al hacer un resumen de su vida, se puede decir con Guy de Larigaudie: “Mi vida entera no ha sido más que una larga búsqueda de Dios. Por todas partes, siempre, a todas horas, he buscado su huella o su presencia. La muerte no será para mí más que un maravilloso encuentro”.

Herencia:

Hermana María del Pilar, fue una Apóstol y misionera incansable, ni su salud, ni sus años, le impidieron salir por los campos y montañas, a caballo o en carreta para evangelizar, contagiar con su alegría, llevar palabras de consuelo y esperanza, especialmente a los más necesitados, de quienes se expresaba con cariño y respeto reconociendo en ellos y ellas a las personas privilegiadas del amor de Dios.

El testimonio de su vida, nos anima a ser mujeres arriesgadas y alegres en el compartir la Buena Nueva.

Gracias Hna. María del Pilar, por tu ejemplo de vida que nos invita a ir hacia los más necesitados de nuestras sociedades y ser como tú reflejo del amor misericordioso de la Providencia.

abril 13, 2009

MATERNIDAD MADRE BERNARDA

Nadie llevó con mayor propiedad el título de Madre que ella; su corazón generoso reemplazó a miles de corazones maternos en la esmerada atención de niños huérfanos.
Toda persona debe su existencia a la actividad generadora de una madre. Para la congregación de las Hermanas de la Providencia, la figura de Madre Bernarda se proyecta como luz que sobrevive en el tiempo, que engendra vida nueva, como la tierra fértil, perpetuando la esencia de su entrega a través de generaciones.

Nadie llevó con mayor propiedad el título de Madre que ella; su corazón generoso reemplazó a miles de corazones maternos en la esmerada atención de niños huérfanos.

Para las hermanas, su amor maternal endulzó los grandes deberes de la vida religiosa. Fue una verdadera escuela de espiritualidad y de for-
mación religiosa. Su trato y su presencia irradiaban simpatía y bondad. Sus gestos y su modo de ser imponían respeto, y la tranquilidad de su espíritu era una invitación a la conformidad con los designios de Dios.

Madre Bernarda comprendió que la maternidad constituye una respuesta de fe, que adquiere su valor más verdadero, sólo a la luz de la alianza con Dios, una maternidad de orden superior, una maternidad según el Espíritu. Toda su preocupación fue su congregación, sus hermanas, los niños. Con frecuencia visitaba las comunidades, trasladándose de un lugar a otro del país, aún en edad avanzada.

La Madre Bernarda es esencialmente entrega. Somos deudoras de su actividad materna. Nos dio serenidad y alegría; fue fuente de consuelo. Su vida fue un espejo de virtud.

Setenta y siete años de labor infatigable; una larga vida consagrada que dejó huellas de heroísmo, en asumir el dolor, prodigar el bien en absoluta conformidad con la voluntad de Dios. Enseñó con su vida el respeto y amor a los superiores eclesiásticos de la Iglesia de Chile y Montreal, y al Santo Padre, convirtiéndose en un símbolo de modelo de Iglesia, acogedora y preocupada por los pobres y necesitados, sean niños, ancianos o enfermos.

La vida y el espíritu de Madre Bernarda permanecerán a través de los años y de las generaciones como un modelo acabado de virtudes propias de religiosas santas.

La reconoceremos como una perfecta religiosa. La veneramos como una Madre ejemplar. La recordamos como una estrella que orienta nuestra vida religiosa.

Nuestra gratitud no tiene sentido si nosotras no tratamos de ser madres que irradien su legado de profunda confianza en Dios Padre y la tierna compasión de Nuestra Señora de Dolores.
Hna. Mónica Pérez sp
*publicado en el Boletín N° 24 del Centro Bernarda Morin