agosto 12, 2010

“Vir fidelis multum laudabitur” (El alma fiel será muy alabada), palabras tomadas del Libro de los Proverbios.

Con esas palabras comienza la extensa carta escrita el 24 de Abril de 1910 y que la Sierva de Dios Bernarda Morin dirige a sus “amadas hermanas”. Escritas hace 100 años, en este mes de Agosto en que Chile celebra el mes de la Solidaridad, resuenan con vívida sintonía con y en nuestro tiempo, en el que nos cuesta mirar al otro y comprender que la Solidaridad es más que una actitud frente a los desastres y emergencias, como los que ha vivido nuestro país; entender que la Solidaridad no es un “servicio” que prestamos a nuestro prójimo, el llamado a la comprensión del prójimo es lo que hace Madre Bernarda en sus palabras. A sus hermanas en ese momento, a nosotros hoy.

Pues, si bien la Sierva de Dios le habla extensamente a sus hermanas sobre la fidelidad a Dios también les habla de la fidelidad al prójimo, son esas líneas las que aquí transcribo. Quizás es necesario tener una referencia de la labor que para esos años la Congregación de las Hermanas de la Providencia realizaban en el país así don F. Aliaga nos refiere en la Historia de la Congregación que para el año 1916 “tenemos que la Casa de Huérfanos de Santiago tenía a su cuidado 1.572 huerfanitos de ambos sexos, que desde la lactancia hasta los 9 años estaban al cuidado de las hermanas... La Casa de la Providencia de Valparaíso tenía a su cargo 229 niñas y niños huérfanos.

En el campo de la educación la labor de las hermanas era inmensa, ya que atendían 14 escuelas primarias gratuitas a lo largo del país. Además: 8 asilos, 3 pensionados para viudas, 3 pensionados para señoritas, hospitales, 2 dispensarios y 3 casas de ejercicios.”(1)

Madre Bernarda escribe:

“Fidelidad con el prójimo. Para comprender bien este deber es indispensable tener una idea exacta de lo que es el prójimo para vosotras. Es no sólo un hermano, como lo es para todo cristiano, sino un hijo espiritual, pues a muchos de ellos los habéis criado y formado ustedes mismas desde pequeños. El prójimo es para vosotras un hijo de nuestro Divino Esposo, que le cuesta a Él toda su sangre.... Es como si el señor al ausentarse les dijera: cuidad de mis hijos, , que son todos esos pobres, esos niños y niñas, esas viudas y enfermos que dejo en vuestras casas. Atiéndalos con caridad y paciencia, porque son mis hijos... Yo les aseguro que todo lo que hicieras al más pequeño de ellos, a Mi mismo me lo hacéis.

... A trabajar para cumplir los encargos hechos por nuestro Dios y tendremos el consuelo de oír en el último día estas consoladoras palabras: “Venid, benditos de mi Padre, al Reino eterno, porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estaba desnudo y me vestiste”. ¿Y cuándo hicimos esto, Señor?. Cuando lo hiciste con mis pobres.”

1.- Historia de la Congregación de las Hermanas de la Providencia. Tomo IV. F. Aliaga Rojas. Pág. 81.

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