agosto 19, 2010

EL 20 DE AGOSTO DE 1853...

“¿Quiere usted sor Bernarda ir a Chile?” fue la pregunta que se le hiciera a la Sierva de Dios Bernarda Morin antes de emprender el viaje misionero con destino a Oregón en los Estados Unidos, desde su natal Canadá.


A partir de ese momento, que ella recuerda en sus memorias, es que comienza a escribirse una fecunda historia que recala a mañana del 17 de Junio de 1853 en Valparaíso, comenzando a partir de aquí a proclamar la Providencia en nuestra tierra a la luz del Carisma fundacional de la Beata Madre Emilia Gamelin al fundar la Congregación de la Providencia en Canadá.

El 20 de Agosto de 1853 se extiende el Decreto Supremo, firmado por el Presidente de la época, Manuel Montt, que autoriza el establecimiento de las Hermanas de la Providencia en Santiago quienes desde su llegada a Chile permanecían en la ciudad de Valparaíso. “Confiarles la Casa de Huérfanos de la capital” era la propuesta que tenían para ellas las autoridades en ese momento.

Hoy, 157 años después de ese 20 de Agosto, nos unimos para celebrar el onomástico de quien se alza en la historia de Chile, como un “apóstol de Dios” que en su opción hacia los niños huérfanos y abandonados, ancianos y enfermos, sustenta su apostolado social ejerciendo hacia ellos una especial pastoral que traslucía su amor solidario, a la luz de ver en ellos el rostro de Cristo.

La Sierva de Dios Bernarda Morin por dos períodos es Superiora de la Congregación que funda, construyendo y dejando un legado espiritual que ella misma guío primero, desde los años 1863 a 1890 y luego desde 1902 a 1926. Es en este último período que la congregación experimenta un gran crecimiento, siendo llamadas a fundar misiones incluso en Bolivia y Argentina. En Chile, para el año 1916 la obra de la Providencia se extendia por las “14 escuelas gratuitas a lo largo del país, 8 asilos, 3 pensionados para viudas, 3 pensionados para señoritas, 3 hospitales, 2 dispensarios y 3 casas de ejercicios”(*) junto a la Imprenta que funcionaba en la Casa Matriz de Santiago.

Madre Bernarda logra una completa comprensión de la idiosincrasia de la sociedad de esa época, también de sus necesidades y su bondades y del rol que cada ciudadano cumple en ella. Lo que se traduce en que: al tomar a cargo la “Casa de huérfanos” comprende que el rol social que tienen en la educación de los niños asilados las nodrizas, planteándoles que asuman su trabajo a la luz de su vocación cristiana, inspiradas en el ejemplo de Cristo, como un apostolado.

Siendo para las autoridades de ese momento una patriota a cabalidad, Madre Bernarda enriquece la vida de la Iglesia y la sociedad chilena situando su «participación ciudadana» entre los grandes momentos que vive la sociedad Chilena. Se entrega por completo a la atención de los heridos, víctimas de la Guerra del Pacífico, de la revolución del 91 y del terremoto de 1906; también en los momentos en que el país fue azotado por el cólera y tifus. En todas esas tristes circunstancias vividas por el país, Madre Bernarda y todas las hermanas, se hacen cargo de los hospitales de emergencia y ponen a disposición de las autoridades las Casas de la Congregación teniendo como costo la vida de varias hermanas que murieron en acto de servicio a la patria.

Así, el Chile de la época admiró el amplio apostolado que la Sierva de Dios Bernarda Morin había ido construyendo, se le reconocía no sólo por su entrega en las grandes crisis de la época sino en la cotidianidad, en la acción social hacia los niños abandonados, hacia los pobres y los enfermos;la educación femenina a todo nivel y las misiones entre los mapuches.

Cuatro años antes de ser llamada a la Casa del Padre y en una ceremonia muy sencilla recibe por parte del presidente de la época, Arturo Alessandri Palma, la Condecoración al mérito de primera clase haciéndole llegar las siguientes palabras: “El gobierno ha querido exteriorizar en tal forma el alto aprecio que le merece la larga y ejemplar labor que usted ha desarrollado en Chile en servicio de la infancia abandonada y de diversas y meritorias obras benéficas. Dios guarde a usted.” La prensa de la época distinguió la justa entrega de esa condecoración señalando: “Canadiense de origen, ha hecho de Chile su segunda patria a la que ha consagrado el rico tesoro de su talento, de su actividad y de su virtud” (*)

El 4 de octubre de 1929, a la edad de 96 años, la Sierva de Dios es llamada a la Casa del Padre. Su partida fue sentida en forma transversal en la sociedad dando oportunidad para que autoridades, como gente humilde le manifestaran su aprecio y agradecimiento. Miles de niños, residentes en las Casas de la Providencia, le expresaron su dolor y angustia llamándola “Madre” pidiéndole que no los abandonara.(*)

El día de sus exequias la prensa escribe: “Su vida fue un milagro ante la Providencia Divina y la monumental obra que dejara, su Instituto, un milagro de su corazón lleno de caridad evangélica” (*)
(*) Historia de la Congregación de las Hermanas de la Providencia. IV tomo. Fernando Aliaga R.

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