mayo 01, 2009

Ser Iglesia, sirviendo a la patria


Misionera, servidora de los pobres.


Uno de los aspectos sobresalientes que afloran en la personalidad de Madre Bernarda es que siendo ella de nacionalidad canadiense, sin embargo, logró una identificación con el "ser chileno", hasta tal punto que pudo cumplir a la perfección su misión de educadora al servicio de los niños huérfanos. Penetró la idiosincrasia de nuestra sociedad, de modo que conocía perfectamente las fortalezas de nuestro pueblo, sus momentos de generosidad, pero también, sus mañas y caprichos, lo cual ha quedado estampado en sus numerosas cartas. Supo captar el cariño tanto de los bienhechores del Hogar de la Providencia, como de los familiares de los niños. Esta identificación cultural no le fue fácil, ya que como misionera de una Congregación extranjera, debió superar el fuerte nacionalismo que caracterizaba a esa primera expedición canadiense de Hermanas de la Providencia. A pesar de estar inserta en ese contexto, ella comprendió que el servicio a la Iglesia en Chile le exigía que para "ser Providencia" debía enfrentar el difícil momento en que sus hermanas se habían declarado enrebeldía contra el Arzobispo Valdivieso. Dicha opción le fue muy dolorosa, pero, desde el punto de vista de la fe, Madre Bernarda vio, en el Obispo diocesano y en la misión que éste le encomendaba, la voluntad de la Providencia.

A partir de ese momento trascendental en la vida de Madre Bernarda, ella descubre en la Iglesia chilena, un profundo sentido patrio, esto es, que al estar unida al Estado había asumido la misión de ser una colaboradora leal, especialmente en los momentos difíciles, que cada cierto tiempo enfrentaba el país, como era la guerra, las pestes y los terremotos. Si bien, la Iglesia luchaba por su libertad interna, especialmente en la superación del Patronato estatal, sin embargo, su profunda vocación de solidaridad, inspirada en el Evangelio, la inducía a poner sus organizaciones al servicio del bien común en caso de conmoción interna. En consecuencia, Madre Bernarda percibe que para insertarse en la Iglesia chilena, su Congregación no podía quedar encerrada en el convento, sino que debía manifestar su solidaridad, en caso de emergencia, poniendo, al servicio de los que sufren, sus edificios y todo el personal de sus casas. La gran lección que Madre Bernarda aprende de la jerarquía y del catolicismo chileno es que: "Se es Iglesia, sirviendo a la patria". En consecuencia, serán muchos los momentos en que ella pone al servicio del bien común, todo lo que pertenecía a la Congregación de la Providencia, pero, especialmente, lo hará en circunstancias históricas que queremos destacar en esta publicación.


2.- Epidemia de viruela. 1872.

En el invierno de 1872, la ciudad de Santiago y sus alrededores fue azotada por la epidemia de la viruela, la cual por su intensidad rebalsó los hospitales existentes en la ciudad. Ante esta calamidad pública, la Arquidiócesis de Santiago, con el apoyo del Gobierno y de algunos particulares, organizó el Lazareto de Santa Isabel. A tal fin, el ejército cedió, por el tiempo que arreció la peste (13 de Julio al 9 de Septiembre), el edificio donde funcionaba la Escuela Militar. La gran dificultad era quien se haría cargo de dicho Lazareto. Ante esta emergencia Madre Bernarda pone a disposición de las autoridades eclesiásticas y civiles, su persona y su comunidad. En tiempo record, no sólo organizó cien camas al servicio de las contagiadas, sino que además, transformó dicho centro asistencial en un punto de convergencia del voluntariado de la ciudad, adonde acudieron religiosas de otras Congregaciones y diversos exponentes de las familias católicas. Ciertamente, la puesta en marcha del Lazareto de Santa Isabel con todas sus reparticiones fue una demostración de las grandes cualidades propias de Madre Bernarda, esto es, su gran sabiduría, su capacidad organizativa y su bondad enérgica.

Al término de la epidemia, es decir, al devolver la Escuela Militar, la Iglesia católica podía decir con orgullo que su colaboración había sido significativa, ya que la obra de solidaridad de las Hermanas de la Providencia había respondido con creces a la demanda del momento. Dicho éxito había exigido largas horas de trabajo intenso y sacrificado. El ejemplo de Madre Bernarda, su disponibilidad de trabajo a toda hora creó una atmósfera en el Lazareto de Santa Isabel, impregnada en la mística del sacrificio solidario y de la confianza en la Providencia.


3.- Los Hospitales Militares de Sangre.

El conflicto armado, que sostenía Chile por la conquista del salitre, en contra de la unión de Perú y Bolivia, tenía como consecuencia, de las sangrientas batallas libradas en el desierto, una gran cantidad de heridos, los cuales fueron derivados hacia el puerto de Valparaíso. A partir del 15 de Noviembre de 1879, barcos cargados de oficiales y soldados heridos comenzaron a llenar los hospitales existentes en la ciudad, los cuales al poco tiempo ya no dieron abasto.

Ante esta situación el Gobernador Eclesiástico de Valparaíso Monseñor Mariano Casanova, solicitó a las Hermanas de la Providencia, destinaran el Asilo San José, que ellas tenían en dicha ciudad, para atender a los heridos de la guerra, transformándolo en Hospital de Sangre. Madre Bernarda, junto con dar el permiso, entendió que no se trataba simplemente de ceder un edificio, sino que había que implementar y organizar un hospital en cuanto tal, por lo cual reforzó el personal religioso de esa comunidad, enviando a Sor Teresa de Jesús Zamudio y a Sor María Luisa Villalón, ambas integrantes del Consejo General de la Congregación. Personalmente mantuvo la supervisión de ese Hospital Militar de Sangre, a lo largo de los dos años que duró la atención de las víctimas de la guerra del Pacífico ( 15 - XI - 1879 al 16 - XI - 1881). En este hospital fueron atendidos 1433 chilenos, 63 peruanos y 33 bolivianos, es decir, un total de 1529 soldados. La atención dispensada por las hermanas y, en general por todo el personal contratado en dicho hospital fue de gran calidad humana. Para evitar posibles conflictos entre los heridos se les dividió en tres secciones: La de los oficiales peruanos y bolivianos; la de los soldados peruanos y bolivianos y la de los soldados chilenos. La presencia y la bondad de las religiosas hizo posible que, tanto médicos como enfermeras, no hicieran distinción entre los enfermos nacionales o extranjeros y fueran capaz de ver en el herido, no al enemigo, sino al ser humano. El ambiente amable y acogedor hizo que la atención religiosa sacramental fuera acogida, por todos esos rudos militares, como un gesto de solidaridad humana. En especial la recepción del Santísimo Sacramento.

En sus crónicas Madre Bernarda nos informa que la atención clínica, en el campo de la cirugía, en esos tiempos, usaba comúnmente para cauterizar las heridas el agua hirviendo o el fierro candente. Agravando la difícil situación del Hospital de Sangre de Valparaíso, la noche del 14 al 15 de Julio de 1880 se produjo el incendio de la capilla del hospital. Al día siguiente, el 16 de julio, se produjo en el puerto un desembarco inesperado de heridos. Los más graves fueron derivados al hospital de la Providencia. Como muestra del ambiente solidario que reinaba en ese hospital se vio con admiración cómo algunos enfermos, en un gesto heroico, cedían sus camas a los heridos recién llegados. Ese clima tenía un alma, ella era Madre Bernarda quien incentivando la piedad de todos los enfermos que allí se restablecían, consiguió los recursos para reedificar la capilla incendiada, la cual fue consagrada a Nuestra Señora del Carmen.

Valparaíso no fue el único Hospital Militar de Sangre que aceptó y atendió la Congregación de la Providencia, bajo la sabia conducción de Madre Bernarda. A partir del 15 de Noviembre de 1879 y hasta el 16 de Noviembre de 1881, el gobierno solicitó al Arzobispado hacerse cargo del Palacio de Exposiciones de la Quinta Normal que había sido transformado en el Hospital Militar de Sangre Nuestra Señora del Carmen. De inmediato la autoridad eclesiástica solicitó a Madre Bernarda asumiera dicho compromiso, ya que su recuerdo estaba presente en la excelente atención que había dispensado a los contagiados con la viruela. De inmediato ella asumió personalmente la organización y dirección de dicho Hospital de Sangre. Si bien estaba fuertemente recargada de trabajo por ser Superiora General de la Congregación y además, con la atención del Hospital de Sangre de Valparaíso, mantuvo su serenidad, su gran capacidad de mando y esa bondad contagiosa que trasuntaba una fuerza espiritual extraordinaria. Para ella la Providencia era una fuerza interior que la hacía enfrentar los más grandes desafíos de la historia.

La comunidad de Hermanas del Asilo del Salvador, que estaban al lado, sin suspender sus tareas ordinarias, se consagraron a la atención de los militares curando sus heridas, dispensándoles los remedios y preparándoles las comidas. Es interesante destacar que todo el personal que trabajaba en el Asilo del Salvador, incluso, las niñas internas cumplieron horarios de atención a los heridos. En un gesto que realmente manifiesta el clima de familia que se creó entre las hermanas y los militares heridos, es importante señalar que la ropa de los pacientes era lavada en la Casa Central de la Providencia. A fines de 1881, cuando el número de heridos había descendido y los hospitales de la ciudad podían atenderlos, Madre Bernarda dio aviso al Intendente de Santiago, Sr. Zenón Freire de su determinación de dejar el hospital, pues la misión estaba cumplida. La carta con que el señor Intendente insiste en que continúen prestando sus servicios constituye toda una evaluación laudatoria del desempeño que han tenido las religiosas, pues la entrega del hospital: "...importa a mi juicio, una pérdida irreparable, porque no hay quienes puedan reemplazarlas en su celo y solicitud en la santa y patriótica tarea en que están empeñadas".1

A este juicio de reconocimiento por parte de las autoridades es preciso agregar el cariño y la gratitud que los sobrevivientes, de ambos hospitales, guardaron hacia las hermanas. El recuerdo de haber tenido a su lado una enfermera religiosa que con gran bondad curaba sus heridas y les confortaba con la palabra de Dios, marcó la vida de esos rudos soldados y oficiales, tanto chilenos como peruanos y bolivianos. La experiencia de los dos Hospitales Militares de Sangre, en Valparaíso y Santiago, significó, en la experiencia formativa que Madre Bernarda ofreció a las Hermanas de la Providencia, una escuela de educación de la sensibilidad ante el dolor y el sufrimiento. Descubrir a Cristo crucificado en los sufrimientos de un militar con su cuerpo destrozado y moribundo, impactó para siempre las vidas de esas religiosas.


4.- Condecoración al Mérito

En diversos momentos la sociedad chilena se sintió impactada por la forma, tan oportuna y eficiente, cómo Madre Bernarda y sus hijas enfrentaron situaciones de catástrofe o calamidades públicas, tales como las que ya hemos hecho referencia. Sin embargo, existieron muchas otras, entre las que debemos nombrar la Revolución del 91, en que la Casa de la Providencia del Asilo del Salvador, en la Quinta Normal, volvió a atender a los militares heridos, tanto del bando Balmacedista, como de los Constitucionales. En cada catástrofe que sacudía al país Madre Bernarda se multiplicaba, no conocía descanso. En el terremoto de Valparaíso de 1906, su entrega fue total. Noche y día estuvo buscando donde albergar a los niños, organizando la ayuda con los propios sobrevivientes e iniciando de inmediato la reconstrucción de la Casa de la Providencia. Su tranquilidad operante y carismática organizó múltiples iniciativas, que la constituyeron en un motor desde donde se expandía la solidaridad efectiva.

En conclusión, Madre Bernarda encarnó el ideal de ser Providencia en el servicio a los pobres y a los necesitados. En esta dimensión servir, a la patria, en los soldados heridos, como en los niños abandonados, en las víctimas de pestes o terremotos constituyó para ella un signo de maternidad y de bondad. Su vida como religiosa le hizo desarrollar una gran calidad afectiva hacia las personas que sufren. Servidora de los pobres se constituyó en la expresión de un compromiso social, fruto de su espiritualidad, que la llevaba a aceptar positivamente toda vez que el Arzobispo le solicitaba un servicio de la Iglesia hacia la patria.

El Gobierno de Don Arturo Alessandri Palma, en las vísperas de sellar el documento de separación de la Iglesia del Estado descubrió en ella el paradigma de una Iglesia que, en nombre de Cristo y del Evangelio, es parte de esta nación en el servicio al pobre, al necesitado, al bien común de la patria. En el texto con que se le otorgaba la Medalla de Condecoración de primera clase, el 27 de junio de 1925, se declara:"El gobierno ha querido exteriorizar en tal forma el alto aprecio que le merece la larga y ejemplar labor que usted ha desarrollado en Chile, en servicio de la infancia abandonada y de diversas y meritorias obras benéficas" En esa Cruz de oro viejo, con que el Gobierno condecoró a la Madre Bernarda Morin, en nombre de toda la nación, se expresó el reconocimiento de las enfermas de viruela, de los heridos de la Guerra del Pacífico, de los niños y necesitados que reconocieron en ella a la Madre que hizo de Chile su patria y por eso, en agradecimiento, pusieron en su pecho, como queriéndola arrancar de nuestro cielo, una réplica de la "Cruz del sur".


Fernando Aliaga Rojas. Dr. Historia

1. Historia de la Congregación de las Hermanas de la Providencia de Chile. Tomo I, pág. 429
* Publicado originalmente en Boletín Madre Bernarda Morin, Sierva de Dios. "Signo de la caridad compasiva". N°23, año 2007. Centro Bernarda Morin

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